El vagón, que había sido de tercera clase —ahora las clases estaban oficialmente
abolidas en territorio de la República—, iba casi lleno de gente. El traqueteo lo hacía
vibrar todo. Las redes de equipaje estaban cargadas de bultos, cestas y maletas de
cartón que se balanceaban suspendidas sobre las cabezas de soldados de azul o caqui
con Mauser, correaje y gorrillo cuartelero. Cuatro o cinco jugaban a las cartas, y otros
fumaban o dormían. El resto del pasaje eran, en su mayor parte, mujeres enlutadas
cubiertas con toquillas de lana y hombres vestidos de pana o tela burda. Se veían
algunas gorras y boinas, pero ningún sombrero. El tren corría hacia el nordeste —ya
había dejado atrás la estación de Baza— entre campos secos y colinas pardas de
monte bajo; y por las ventanillas, mal cerradas con cartones sustituyendo los cristales,
se colaba una corriente de aire frío y desagradable con partículas de carbonilla de la
locomotora, que pitaba en cabeza del convoy.
Lorenzo Falcó aplastó el resto de su cigarrillo en el piso, se subió el cuello de la
cazadora y buscó acomodarse lo mejor que pudo en el duro asiento de madera,
intentando dormir un poco. Con tranquila resignación, rutinaria a esas alturas de su
vida, recordaba otros trenes y otros tiempos más confortables, allí donde los hombres
parecían —o eran— más elegantes y las mujeres eran —o parecían— más hermosas
al cruzarse con ellas en los pasillos de pullmans y wagon-lits. Sobre ese particular,
Falcó poseía un buen repertorio mental de imágenes y momentos retenidos como si
de un álbum de fotografías se tratase: desayunos en lujosos vagones restaurante
camino de Lisboa o Berlín; copas en los taburetes de cuero del bar del Train Bleu,
más refinado incluso que el del Ritz de París; cenas con cubertería de plata en el
Orient Express, rumbo a una habitación con buenas vistas al amanecer en el Pera
Palace de Estambul… Todo aquello, trenes, cruces de fronteras, pasajeros
internacionales, ciudades y paisajes, se combinaba en su memoria con transatlánticos,
hoteles, aeropuertos, fragmentos de una vida excitante y peligrosa, nada
convencional. Una vida que —el tren en el que hoy viajaba, y su destino, eran
pruebas incontestables— arrojaba igual número de sobresaltos que de satisfacciones,
de lugares sórdidos o peligrosos que de sitios caros y gratos. Una vida, la suya, que
tal vez algún día acabara por pasarle la factura de modo implacable, toc, toc, toc,
señor Falcó, le toca a usted abonar los gastos. Hasta aquí hemos llegado. Fin de la
fiesta. En previsión de que ese fin de fiesta fuera, si llegaba el caso, lo más rápido e
indoloro posible, Falcó llevaba escondida en el tubo de cristal de las cafiaspirinas una
ampollita de cianuro potásico que le permitiría tomar un atajo si los naipes venían
mal dados. Bastaba con ponerla entre los dientes y apretar. Clac, y angelitos al cielo,
o a donde fuesen. Morir despacio y en pedazos mientras lo interrogaban no era uno
de los objetivos de su vida.
Se lo había preguntado una mujer, en cierta ocasión. Siempre eran ellas quienes preguntaban esa clase de cosas. Por qué lo haces, dijo. Por qué vives así, jugándotela
en el filo de la navaja. Y no me digas que es por dinero. Había ocurrido un amanecer
todavía no lejano, en uno de aquellos lugares elegantes y lujosos de los que esa mujer
no era sino complemento natural; o tal vez era esa clase de lugares lo que las hacía
perfectas a algunas de ellas, escogidas por la biología y la vida, situándolas con toda
naturalidad en el lugar exacto para el cual fueron creadas. Había sucedido en una
habitación del hotel Grande Bretagne de Atenas, desayunando frente a la ventana
abierta sobre la plaza Sintagma, tras una noche en la que ninguno de los dos había
dormido más que lo imprescindible. Por qué, insistió ella mientras lo observaba por
encima de su humeante taza de café. Falcó había contemplado sus ojos, de una
claridad líquida —aquella mujer era una húngara hermosa, inteligente y tranquila—,
y luego el cuerpo espléndido que asomaba a medias bajo el albornoz blanco
entreabierto, el arranque de los muslos y el nacimiento de los senos pesados y firmes,
los ojos aún con rastros del maquillaje del día anterior, la piel tersa que olía a sábanas
metódicamente revueltas, a cuerpos enlazados, a carne tibia compartida y exhausta.
Tras la pregunta, Falcó había mirado a la mujer con deliberada calma, disfrutando del
paisaje perfecto que ella desplegaba ante él; y tras un silencio, encogiéndose de
hombros, lo resumió todo en pocas palabras. Sólo dispongo de una vida, dijo. Un
breve momento entre dos noches. Y el mundo es una aventura formidable que no
estoy dispuesto a perderme.
En el apeadero de Vélez-Rubio subieron tres nuevos pasajeros. Dos eran
milicianos e iban armados: un anarquista con alpargatas y pañuelo de la FAI al cuello,
y un tipo con la guerrera azul oscuro y la gorra de plato de los guardias de asalto. Los
dos tenían manos de campesinos y llevaban correajes, bayonetas y un Mauser cada
uno. Entre ambos conducían a un joven con las manos atadas por delante, en mangas
de camisa y con una chaqueta sobre los hombros. Se sentaron frente a Falcó, los
fusiles entre las piernas, uno a cada lado del prisionero. Por un momento, éste cruzó
la mirada con Falcó. Tenía el pelo revuelto, barba de un día y un coágulo de sangre
entre la nariz y el labio superior, que estaba hinchado bajo una tira de esparadrapo.
También había huellas de sangre en su camisa. Al sentirse observado, como si un
minúsculo resto de orgullo se hubiera avivado en su interior, el joven irguió un poco
la cabeza y esbozó una sonrisa mecánica que no fue más allá de una breve mueca. Un
gesto ausente. Entonces Falcó apartó la vista, pues no tenía el menor interés en llamar
la atención de ese joven ni de nadie.
Al fondo del vagón cantaban unos soldados: una copla triste, andaluza, con pujos
de cante jondo y algunas palmas. Seguía traqueteando el tren. Un hombre de zamarra
gris y boina metida hasta las cejas, sentado junto a Falcó, preguntó a los guardianes
qué había hecho el prisionero.
—Es un fascista —dijo el guardia de asalto—. Lo detuvimos ayer en Vélez Blanco.
—Su padre tenía tierras y una fábrica de conservas —añadió el otro, como si eso
lo resumiera todo.
—¿Y el padre?
—Fusilado hace tres meses, con otro hijo. Nos faltaba éste, que andaba
escondido.
—¿Adónde lo lleváis?
—A la cárcel de Murcia… De momento.
El hombre del abrigo había sacado una petaca con cigarrillos de picadura ya
liados, y ofreció a los milicianos. Después preguntó si podía darle uno al prisionero.
—Dáselo, si él quiere —accedió el guardia de asalto.
Sosteniendo el pitillo entre las manos atadas, el joven se inclinó hacia delante
para que el de la zamarra le diera fuego con su chisquero. Cuando se recostó en el
asiento, sus ojos se cruzaron de nuevo con los de Falcó. Había un inmenso vacío en
ellos, comprobó éste antes de apartar otra vez la vista. Un paisaje desnudo, desolado.
Opaco. Un cansancio sin futuro.
—A fin de cuentas —dijo el anarquista—, éste va a dejar de fumar muy pronto.
Fuente: "Falco" de Arturo Pérez Reverte